| INICIO | ARTICULOS | RELATOS | OFERTAS | PRUEBAS | ALBUM | TIENDA | LINKS |
|---|
Solo podemos estar agradecidos a Mario Bregaña por su colaboración con este artículo. Aparte del interés que de por si tiene un viaje a Australia para cazar con arco por su gran contenido de aventura, tenemos que añadirle que es, ni mas ni menos, para ir tras el búfalo acuático con arcos recurvados. Por si esto fuera poco, las fotografías de Mario son excelentes. Ha resultado muy difícil hacer una selección de ellas y doloso el tener que reducirlas de tamaño, perdiendo resolución pero ganando algo de velocidad en la descarga. Disfrutarlo....
Swim Creek. Mediodía, en el llano al borde de la jungla, 40ºC. Un gran búfalo macho de imponente cornamenta paciendo en un matorral de espinos, gramíneas altas y palmeras jóvenes, avanzadilla vegetal de la selva; en medio, un brazo de aguas tranquilas, un “billabong”. En el lado opuesto, hacia el este, la llanura con misteriosas aguas llenas de pájaros y cocodrilos.

Soplaba una brisa del noroeste que me obligaba a una aproximación desde el sur. Ocultándome tras los hormigueros gigantes que en una interminable hilera y en progresiva disminución de altura me separaban de mi objetivo, la estrategia consistiría en ir de uno a otro y arrastrarme los últimos metros hasta superar el refugio del animal. Una vez allí, mis amigos desde lejos se dejarían ver y si fuera necesario harían ruido para llamar la atención del morlaco. Según las costumbres de esta especie, el macho se enfadaría por la presencia de elementos desconocidos a los que no podría oler y saldría al descampado en actitud desafiante, antes de emprender, posiblemente, la huida hacia la jungla. Preveía aprovechar esta huida para disparar una flecha y conectarla sesgada en una zona vital, a unos 10 ó 15 metros de distancia ¡Qué poco me imaginaba lo que iba a suceder!.
Después de varios meses de minuciosa planificación y entrenamiento estábamos cazando en Swim Creek, Territorios del Norte de Australia, en la costa del Índico debajo del cabo Point Stuart (Gurnaynjarr) a unos 350 kilómetros al este de Darwin y antes de Kakadu y Arnhemland. El objetivo: el búfalo acuático (Bubalus bubalis), también llamado asiático o almizclero, animal con varias subespecies y variedades que habita todo Asia meridional, desde la India hasta China, llegando por Malasia hasta Australia en una época indeterminada hace muchos años, y alcanzando en los territorios del Norte dimensiones extraordinarias y una gran población. Aunque cuenta con variedades domésticas muy conocidas, una de ellas por la producción de mozzarela, son míticas algunas de las salvajes como la de las oscuras selvas de Java y la de las planicies del Gugerat en la India. La variedad característica australiana es un animal impresionante que puede alcanzar los 1.200 kilos de peso, con una alzada en la cruz de 1,70 metros y hasta 1,80 metros de envergadura de cuernos, que son terriblemente gruesos en su base, constituyendo casi un casco sobre el cráneo, y finos y afilados en su punta, describiendo una curva hacia atrás suave al principio y más pronunciada al final. En los machos son de sección triangular y estriados en su superficie, donde se puede distinguir fácilmente los anillos anuales de crecimiento (medrones) y determinar con bastante exactitud la edad del animal.
Su estructura social consiste en grupos familiares de 10 a 20 hembras y sus crías (a veces dos de distinta edad) y un macho de entre 13 y 18 años, edad a partir de la cual se apartan de las manadas y viven solitarios, y se acercan a sus congéneres sólo en época de celo, produciéndose entonces terribles peleas, que a veces acaban con la vida de uno de los contendientes.
Son de color gris oscuro aunque también hemos visto animales marrones, y algunos lucen un moteado claro muy tenue en la cara, cuello y manto. Tienen pelo, y muy fuerte, pero ralo y escaso y generalmente portan una capa de barro seco que reponen diariamente con fines aislantes y antiparasitarios, que les confiere un aspecto pétreo muy impresionante.

Sus hábitos parecen ser los de todos los grandes herbívoros y pasan mucha parte del día pastando en los llanos, bien en praderas secas o metidos en los pantanos y billabongs que abundan allí, retirándose a la jungla a rumiar durante las horas de más calor. Se adueñan de una parte de ésta o de una charca que llenan con sus señales y aunque parece que es el macho el encargado de defender el territorio, toda la manada puede formar una estampida de lo más terrorífica.
Viendo su hábitat lleno de enormes huellas y bañaderos tamaño piscina, nos resultaba fácil imaginar el aspecto que tendría nuestra vieja Europa hace 50.000 años con sus bisontes, uros y mastodontes.
Ante la presencia humana tienden a huir, aunque mantienen una actitud altiva y desafiante antes de hacerlo, pero en algunas ocasiones optan por la embestida, que se produce sin previo aviso y a una gran velocidad, desproporcionada para su tamaño. Nos advirtieron que si no estábamos en pleno rececho, nos acercáramos dejándonos ver y sobre todo dejándonos oler y que bajo ningún concepto nos interpusiéramos entre una hembra y su cría si no queríamos volver a casa en una caja de aluminio. Aunque parece una exageración, todos los años hay muertes por este motivo. Días más tarde comprobaríamos cómo esto es tan fácil decirlo como incumplirlo, teniendo que correr para salvarnos en varias ocasiones, como en un super San Fermín sin barreras ni límite de tiempo. Incluso alguno de nosotros tuvo que recuperar su habilidad de primate para subir precipitadamente a un árbol y librar así una estampida. Parece de chiste pero puedo asegurar que cuando sucede, tiembla el suelo y el estruendo y la polvareda te dejan inmovilizado.
“He recorrido sin gran dificultad los 100 primeros metros de un hormiguero a otro, muy despacio, midiendo cada paso y sin pisar una sola de las secas y crujientes hojas de palmera que tapizan parte del recorrido. El arco armado y sujeto con la mano izquierda contra mi costado, la mirada baja, evitando cualquier gesto brusco. En una danza sinuosa y llena de tensión donde la adrenalina casi ha alcanzando el nivel de sobredosis. Momentos gloriosos que todos los recechadores conocen y los arqueros aún más, y que preceden al incógnito desenlace final.
Una banda de cacatúas blancas que come en el suelo se inquieta y levanta el vuelo, gritando como acostumbran, en venganza por la molestia. El alboroto alerta a una hembra de búfalo y su cría que pastan en el borde del billabong…”
Los australianos llaman “spy bird” a las cacatúas porque si te detectan en la jungla, en vez de huir te van siguiendo incansablemente a una prudente distancia sin dejar de gritar y graznar como una turba enfurecida por algún serio motivo. Sufrí este acoso en varias ocasiones, decidiendo dejar de cazar y dedicarme a otra cosa. Pueden recordar a nuestros eskilatxos (arrendajos), pero de manera exagerada, aunque hay que admitir que son preciosas y llenan de exotismo el ambiente con sus gritos y cotorreos. Resulta común en los territorios del norte encontrar cualquiera de las tres variedades que allí viven (en total son cinco especies las que existen en toda Australia).
“…Como la búfala no puede olerme decide acercarse; permanezco estático detrás de un hormiguero mirando de reojo la maniobra. El macho en su matorral permanece todavía ajeno a estas evoluciones. No he sobrepasado su refugio, distante a unos 25 metros por delante y a mi derecha. La tensión sube por momentos. (Podría suceder que la curiosidad de la hembra dé al traste con todo el rececho si el macho se pone en guardia antes de tiempo). Se detiene con su cría a unos 40 metros de mí, en el descampado. Aunque parece que no quiere embestir, no deja de mugir y dar vueltas. El macho ha dejado su quietud y comienza a agitarse en su refugio, abandonándolo. Aprovechando la confusión cubro medio a gatas otros 20 metros, tapado del macho pero descaradamente a la vista de la hembra y su cría, que permanecen inmóviles mirando fijamente hacia mí. Gano el matorral por la izquierda y ahora éste se interpone entre el bicharraco y yo. Ha salido fuera hacia el llano y está a unos 15 metros en línea recta. Para complicar la situación otras dos hembras acuden al espectáculo, aunque por suerte deciden irse todas juntas. Al fin quedamos solos los protagonistas de esta historia…”
Durante la preparación de la expedición una de las cuestiones más importantes que resolver era la de qué arco llevar para terminar con éxito tan difícil empresa, además de flechas y sobre todo puntas adecuadas para herir con eficacia a semejantes moles.
Mi amigo Josetxo, compañero en ésta y otras aventuras, optó por un recurvado escocés de marca Border de 75 libras, magnífica elección y que no defraudó, como pudo verse después, aunque haya que tener la espalda como un ropero para manejarlo. Yo por mi parte decidí probar con un arco hecho en casa. Para ello pedí a Jon Alzola de Beasain la construcción de uno de sus recurvados desmontables hechos a medida y totalmente artesanales, de unas 70 libras, potencia exagerada para mí pero la mínima necesaria para este animal. Habitualmente cazo con arcos de 56 a 60 libras, potencia en la que me encuentro a gusto y que nunca ha sido poco, aún para jabalíes grandes. Tuve la oportunidad de hacer los últimos ajustes a la empuñadura en su taller de Zegama y el resultado final fue un precioso arco de nombre “Basajaun” hecho en contrachapado gris de arce con refuerzos fenólicos negros y rojos y acabado al aceite y cera. Agradezco a Jon su paciencia y su empeño para conseguir el arma adecuada para la ocasión.
Respecto a las flechas, escogí tubos Easton XX78 en su calibre 2317 por su excelente relación entre diámetro, peso y flexibilidad, que tienden a corregir algunos defectos de la suelta en alguien como yo que no soy un tirador muy preciso y que además iba a disparar bajo presión y con un arco al límite de mis posibilidades. Por otra parte su diámetro interior permite rellenarlas con cordino de escalada, método utilizado para conseguir astiles del triple de su peso para flechas de remate o tiro cercano, con mala balística pero gran penetración.
Emplumé los tubos con pluma natural en varias combinaciones de colores para distinguir a primera vista los diferentes pesos, pero con predominio del color azul, habiendo quedado demostrado ser el más eficaz para su recuperación por nuestro amigo Aitor dos años antes en las tierras rojas del Outback de Queensland.
La elección de las puntas también era muy crítica por la terrible corpulencia del animal, su agresividad y su fama de necesitar una gran cantidad de plomo para derribarlo. Normalmente se le caza con rifles de calibre 375 H&H o mayores, con pesos de bala no inferiores a 300 grains y suelen ser necesarios de 3 a 5 disparos para detenerlo. Por nuestra parte habíamos investigado hasta donde pudimos la anatomía de esta especie, leyendo todo lo que encontramos y hablando con cazadores australianos. Como pudimos comprobar después, el blindaje de los flancos consiste en 25 ó 30 milímetros de piel durísima, generalmente con costra de barro, aproximadamente lo mismo de capa de grasa (panículo adiposo), unos 20 de músculo (falda) y luego las propias costillas, que son enormes y con la peculiaridad de irse ensanchando en su zona media y baja, constituyendo una caja ósea casi impenetrable. Esto nos hizo optar por la punta Stos de 200 grains de diseño simple y robusto, fabricada en un acero no muy duro que permite un afilado extremo. Personalmente nunca las había utilizado pero ahora son mis preferidas por su vuelo fiel y sus mortíferos efectos, dejando como repuestos las tradicionales Zwikey, Magnus y Bear.
También probamos el modelo mayor de Simons, que brindó buenos resultados en jabalíes pero fue menos adecuado en búfalos donde esa inflexión de su filo frenaba la penetración.
“…Molesto por la interrupción, el bicho alza la testa cazando los aires en una pose característica, con los cuernos hacia atrás, impresionante. A cada aspiración le sigue un poderoso y sonoro soplido. Se mantiene erguido y da vueltas sobre sí mismo, plantando cara en dirección a Josetxo, Moisés y Bret, que permanecen inmóviles a unos 70 metros detrás de sus hormigueros. El animal ha visto un reflejo o quizás algún movimiento y después de cada vuelta fija su atención en ellos. Llevo más de 10 minutos acuclillado sin moverme; se me ha dormido una pierna. “¡Espero que no me vea ahora!”. Al cabo de un rato, comienza a tranquilizarse, ya no da vueltas y alterna sus miradas hacia mis amigos y la gran llanura que queda detrás suyo.
La siguiente jugada es mía. Cuando parece que se queda quieto, supero definitivamente el matorral buscando una trayectoria limpia, ya que la distancia hace tiempo que no es problema. Espero a que mire hacia la llanura y avanzo hasta un pequeño hormiguero que apenas me cubre. Pienso: “dos metros más y en el siguiente me levanto y disparo”. De pronto siento la caprichosa brisa australiana en la nuca, y al instante el búfalo, vuelve la cabeza hacia mí y se queda de muestra durante varios minutos; Instantes angustiosos en los que me siento mucho más presa que cazador, con aquel monstruo a menos de 15 metros, en la mitad de ninguna parte. Al momento parece que se relaja, gira la cabeza, aprovecho y salgo hacia el siguiente hormiguero. Entonces, bruscamente, me mira: ¡ha sido una trampa!. Me descubre “in fraganti” y durante una fracción de segundo cruzamos las miradas. Baja la cabeza mostrando su armamento y con un bramido furioso emprende una carga arrolladora. Salgo corriendo al descubierto y sin tiempo para más, recorto dignamente la embestida y sigo hasta un pequeño grupo de tres palmeras pequeñas con algo de matorral en su base, situándome detrás a la expectativa. El bicho frena ante el matorral y me ofrece a unos tres metros un par de soplidos que no olvidaré jamás. La tensión ha alcanzado el límite y podría pasar cualquier cosa, sin embargo parece que se ha conformado con asustarme y comienza a darse la vuelta ofreciendo su flanco derecho. De manera instintiva y sin ninguna reflexión alzo el arco, abro y disparo. El búfalo acusa inmediatamente el impacto y encoge los hombros en un gesto clásico y renqueando vuelve a su posición inicial. La flecha, colocada un palmo encima del codillo en una trayectoria oblicua desde atrás hacia delante, ha penetrado algo menos que la mitad de su longitud. Se detiene y da una vuelta sobre sí mismo, me mira, quizá pensando en volver a cargar, pero su cojeo cada vez es más intenso y decide intentar la huida. He montado otra flecha, salgo de mi escondite, le sigo de cerca por detrás. La situación sigue siendo muy peligrosa. Su andar es cada vez más lento, tras 20 metros le fallan las fuerzas y se desploma. Sin perder ni un segundo disparo mi segunda flecha directa al pecho y ésta sí penetra profundamente, acabando con su agonía en pocos segundos. Me mantengo en guardia, tenso, con la tercera flecha cargada pero el animal yace inmóvil. Siento inmediatamente un profundo respeto por un contrincante tan noble y un humor agridulce me invade. El lance ha terminado…”

Al instante acudieron mis amigos y Bret el australiano, y aunque oigo sus gritos mezclados con los sonidos de la jungla, el trance de la caza perduraba y recibí sus abrazos y felicitaciones sin comprender muy bien lo que decían. Tuvo que pasar tiempo hasta relajarme y recuperar el pulso normal, y algunos días para consumir el exceso de adrenalina.
