INICIO ARTICULOS RELATOS OFERTAS PRUEBAS ALBUM TIENDA LINKS

 

Agradecer a Moisés su colaboración con este fantástico artículo y recomendar a los lectores un poco de paciencia en su descarga, muchas fotos de calidad e incluso algún video hacen que sea poco apto para modems. Creemos que merece la pena, son seis páginas sobre caza con arco en Äfrica.

 

                           ÁFRICA EN MI CORAZÓN

Siempre había escuchado, que quien visita África no piensa en otra cosa más que en volver. No es más que un tópico pensé, pero lo cierto es que estaba equivocado. África tiene algo que atrapa, un aroma especial que inunda las fosas nasales y te cala hasta lo más profundo del corazón.

Nuestra aventura africana comenzó cuando Luis Diez del Corral me contestaba a un e-mail donde le solicitaba información sobre su compañía Old Days Safaris, preguntándole si era posible cazar con arco en Berta, su finca en Sudáfrica. La respuesta fue afirmativa, así que nos pusimos a concretar una posible fecha para el que seria mi primer safari africano, un sueño largamente esperado que finalmente tomaba visos de hacerse realidad.

Tras consultar nuestra agenda, acordamos reservar la primera quincena de mayo, justo al final de la temporada de lluvias. Obviamente, no era la mejor época para cazar, pues los animales encuentran numerosos charcos de agua donde poder satisfacer la sed, pero a cambio podríamos disfrutar de la sabana africana en todo su esplendor. El plan de viaje consistía en volar con Air France, mi amigo Sergio Romero partiría desde Málaga; yo por mi parte iniciaría el viaje en Barcelona para reunirnos en Paris y continuar desde allí en un vuelo directo a Johannesburg capital de Sudáfrica, donde finalmente tomaríamos un vuelo local con la South African Airways hasta Polokwane el aeropuerto de Pietersburg uno de los principales accesos a la Northern Province (actualmente Limpopo Province).

Después de un mes de abril que se nos hizo eterno llego el puente de mayo, y tras él, el anhelado día en el que iniciaríamos nuestra aventura africana.  Una vez facturado las maletas y el arco sin problemas llego el momento de subir al avión, como no podía ser de otra forma, tope con el consabido retraso que en esta ocasión fue de cuarenta y cinco minutos (para que luego digan de Iberia). Finalmente llegue al Charles-de-Gaulle con una hora de retraso sobre el horario previsto. Una vez allí, pasillos y más pasillos, subir varias escaleras y bajar otras tantas. Dios ¿quien diseño este aeropuerto? ¡Spider-man! Finalmente, conseguimos encontrarnos y alcanzar la terminal desde la que partiría nuestro avión, por fortuna aun nos quedaban cuatro horas para disfrutar de la terminal ¿disfrutar? no he visto lugar mas exiguo y deprimente, eso si los precios por las nubes, claro como era el aeropuerto. Nos cobraron nueve euros por una cerveza, y eso que era de barril si llega a ser de marca.

Tras la correspondiente comprobación de pasaportes y la tarjeta de embarque, ocupamos nuestro asiento en un vuelo transatlántico que duraría algo más de diez horas. A las seis de la mañana poníamos pie en el aeropuerto de Johannesburgo una terminal amplia y moderna donde un oficial de seguridad nos hace entrega de nuestros arcos y nos indica como llegar a la aduana, imagino que en la creencia de que en el interior de las voluminosas maletas viajaban dos rifles y no sendos arcos, pues nada mas llegar al “Custom” uno de los operarios de seguridad recoge las maletas y las deposita sobre un mostrador diciéndome:

    - Good morning Sir, ¿rifles?

    - No, only bows and arrows inside, le conteste.

Nos hacen abrir las maletas, y tras comprobar que decimos la verdad, nos muestran un libro de registro donde toman nota de nuestros nombres, país de procedencia, día de llegada así como del día previsto de partida. Fue entonces, cuando el que parecía ser un suboficial, y que hasta ese momento se había mantenido siempre en un segundo plano, se adelanta hasta el mostrador, cierra ambas maletas con brusquedad y sin pensarlo dos veces las empuja haciéndolas caer al suelo recibiendo un severo golpe cuyas nefastas consecuencias comprobaríamos mas tarde. Sin mediar palabra, recojo las maletas del suelo y paso una de ellas a mi compañero, momento que aprovecho para sacar del bolsillo un billete de veinte dólares que llevaba preparado con antelación. Extendiendo el brazo hacia él mostrándole el billete, observo como una enorme sonrisa inunda su rostro mientras alarga la mano para recogerlo, a lo que yo respondo estrujando el billete he introduciéndolo de nuevo en mi bolsillo mientras sacudo la cabeza en un claro signo de desaprobación.

Jurando en arameo, salimos a toda leche de allí  mientras que con amables palabras algunos de ellos tratan de convencernos sin éxito para que volvamos a entrar. De camino a la puerta de embarque comienzo a tomar conciencia de lo que significa ¡Faking Moreno! Un vocablo “blanco” que escucharíamos en más de una ocasión durante nuestro viaje.

Son las siete de la mañana cuando nos comunican que nuestro avión a Polokwane sufre un retardo indefinido motivado por la espesa niebla que en ese momento se cierne sobre Johannesburgo. Observo, como los lugareños miran al cielo con curiosidad ante lo que parece ser un fenómeno meteorológico nada común por estos lares. A mí por el contrario, me parece el más fino de los visillos acostumbrado como estoy a cazar en Lérida, madre y hogar de todas las nieblas. Aprovecho la coyuntura para buscar el escusado mientras Sergio entabla conversación con una  ejecutiva sudafricana que al igual que nosotros espera la llegada del embarque. Tras localizar los lavabos sin dificultad, entro sin prestar demasiada atención llevado por las prisas propias del momento, apunto con decisión y dejo que la madre naturaleza se encargue de realizar el resto del trabajo. Fue entonces, cuando al levantar la cabeza descubrí un enorme televisor de plasma colocado sobre los mingitorios. Entre la sorpresa y el estupor, compruebo que lo que se muestra ante mis ojos no es otra cosa más que videos promocionales de Sudáfrica donde se desarrollan impresionantes lances de caza ¡Dios! esto empieza bien, no se cuanto rato estuve allí, lo que si puedo asegurar es que mi vejiga nunca había estado tan satisfecha.

De regreso al embarque puedo ver como Sergio sigue charlando con la ejecutiva, su ingles con acento malagueño consigue arrancar mas de una carcajada a aquella simpática mujer de penetrantes ojos azules. Durante las dos largas horas que duraría nuestra espera charlamos sobre temas muy diversos: meteorología, política, economía, cultura y un largo etcétera de curiosidades que dejó ampliamente satisfecho nuestro interés por su país. Nos explico curiosas anécdotas como por ejemplo, que la Joanna a la que cantaba Eddy Grant, cuando allá por la década de los ochenta se hiciese famoso en todo el mundo con su canción “Gimme Hope Joanna” no era otra mas que Johannesburgo “Joanna dirige un país, manda en Durban y en el Transvaal. Sólo hace felices a unos pocos y no cuida al resto. Tiene un sistema al que llama apartheid que somete a nuestro hermano.  Pero tal vez la presión hará ver a Joanna que todos podemos convivir” cantaba Eddy Grant en su canción.

Por fin anuncian la salida de nuestro avión y se abren las puertas del embarque, tan solo 18 personas subimos al autobús que nos llevara hasta un pequeño bimotor situado ya en la pista. Con prisas y algún que otro empujón acomodamos nuestros arcos y demás enseres en la tripa de aquel pequeño pájaro y subimos los tres peldaños de escalera que nos conducen al interior. Tomamos asiento mientras que, acelerada, la voz del comandante (se trataba de una mujer) nos dice que entramos en pista para el despegue. Casi sin tiempo de abróchanos el cinturón despegamos en una maniobra que nos dejo el estomago pegado al respaldo del sillón, un elocuente presagio de lo que aun estaba por llegar. El espacio en el interior del aparato es exiguo, dos filas de asientos a la derecha y tan solo una a la izquierda, separadas por un estrecho pasillo por el que una y otra vez deambula la azafata de vuelo, una joven y fornida muchacha de color cuyo perímetro de caderas no se ajustaba precisamente al ancho del pasillo, una comprometedora circunstancia que obligaba al pasaje a recolocarse en sus asientos en cada una de las idas y venidas de la azafata.

La duración del vuelo fue de unos cuarenta minutos escasos, durante los cuales la South African Airways nos obsequio con un sabroso almuerzo compuesto por dos zumos de fruta a elegir, un bocadillo de pan de avena con algún tipo de fiambre y queso cheddar, además de una barrita energética de cereales y chocolate blanco. No habíamos terminado de engullir el bocata, cuando la piloto nos informa que podemos ver la pista de aterrizaje de Polokwane a través de las ventanillas de la izquierda. Sin mas preámbulos, el avión realiza un brusco giro a la derecha seguido por  otro no menos brusco hacia la izquierda continuando con un fuerte picado frontal que finaliza aparcando que no aterrizando el avión en medio de la pista. Desalojamos la aeronave atropelladamente, desesperados por atrapar una bocanada de aire fresco. Bajar del aparato se convierte en una frenética carrera obstaculizada solo por aquel inmenso “pandero” que apostado al borde de la escalinata nos repite una y otra vez:

         - We hope you enjoy whit the fly, welcome to Polokwane and have a nice day.

    (Deseamos que hayan disfrutado del vuelo, bienvenidos a Polokwane que pasen un buen día)

¿Esta de cachondeo? me pregunte, mientras intentaba no tropezar al descender por la estrecha escalera que nos han colocado. Busco las maletas mientras el azulado rostro del resto de los pasajeros me hace pensar que no soy yo, el único con el estomago pegado a las amígdalas después de aquel “delicado” aterrizaje. Me agacho para recoger la maleta cuando un agudo chiflido atrae mi atención, a pie de pista y a tan solo tres metros de mí, un secretario camina orgulloso buscando su comida entre la hierba. Conocía la gran envergadura de estas aves, pero lo cierto es que su metro y medio de altura impresiona a corta distancia. Esto no te lo enseñan en el National Geographic pensé, mientras recogía la maleta sin perder de vista el aguzado pico de aquella ave.

Con el arco en una mano y la maleta en la otra entramos en la pequeña terminal del aeropuerto. Allí nos recibe Bertus Guillaume uno de los dos profesionales que nos acompañaran durante el safari. Cargamos los bártulos en el pick-up y emprendemos la marcha. Durante el camino tenemos tiempo de ponernos al día, Bertus se defiende bien en castellano y yo chapurreo ingles por lo que hacemos una combinación casi perfecta. Como tendría ocasión de demostrarnos en días sucesivos, Bertus en uno de los profesionales especializados en caza con arco mas cualificados y reconocidos de Sudáfrica. Durante el trayecto hacemos un parada en su casa para recoger parte del equipo, momento que aprovecha para agasajarnos con un café mientras nos muestra su impresionante colección de animales. Leones, facos, antílopes y una impresionante jirafa que ocupa toda la pared de una estancia. Todos ellos cazados con arco por supuesto.  

Foto izqda: En África todo es grande, los bichos también

Foto dcha: Todos los días disfrutamos de sabrosos platos de la cocina local elaborados por la expertas manos de Alfred el cocinero de Old Days

Retomamos el camino y tras una segunda y breve parada para repostar gasoil llegamos a Berta propiedad de Luis Diez del Corral, una impresionante finca de más de 6.000 hectáreas en la sabana sudafricana. Allí nos recibe Elena su hija, una bella muchacha cuya inteligencia y desparpajo sorprende en una joven de su edad, le acompaña su hermano menor Luis, un avispado cazador que además comparte nuestra pasión por el tiro y la caza con arco. También nos presentan a Louwrens Joubert nuestro segundo profesional, el será quien acompañe a Sergio durante nuestro safari

CONTINUA